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domingo, 16 de febrero de 2020

Las acróteras del poder

Hoy el diario digital, El Español, publica un magnifico y acertado artículo firmado por Pedro J. Ramírez. 


Pedro J. Ramírez ( Logroño, 26-03-1952) Licenciado en periodismo en la Universidad de Navarra. Ejerció durante el curso 1973-74  de profesor de literatura española contemporánea en el Lebanon Valley College ( Pensilvania), siendo nombrado en el año 1996, doctor honoris causa. Fue director del Diario 16 durante 9 años. Director del diario El Mundo, durante 25 años.Pedro J. Ramírez, ha colaborado y colabora con otros medios de comunicación. Habiendo recibido numerosos premios y es autor de mas de una docena de libros.

Por considerar elblogdefcosvi que dicho artículo puede ser del interés de nuestros seguidores, lo incluimos en el blog. 


Pedro J. Ramírez


Las acróteras del poder


por: Pedro J. Ramírez

Diario Digital, El Español

16/02/ 2020


El viernes 19 de abril de 1793 el diputado moderado Mazuyer pidió que la Convención Nacional Francesa interrumpiera el orden del día para tratar un asunto de la máxima urgencia.

En este momento se prepara la ejecución de una mujer, de una desgraciada cocinera que ha proferido expresiones contrarias al civismo. Esa mujer no estaba en sus cabales cuando utilizaba ese lenguaje. Se dice que estaba bebida. Pido que se aplace la ejecución de la sentencia.


Magnifica Ilustración de: Javier Muñoz



Se refería al caso Catherine Clère, una criada de 56 años que había sido juzgada la víspera por el Tribunal Revolucionario por unos hechos ocurridos, cinco semanas atrás, sobre la medianoche. Según diversos testimonios la señora Clère había sido detenida tras gritar varias veces "¡Viva el rey!", entonar canciones revolucionarias, alterando su letra para denostar a los jacobinos, y criticar el miserable sueldo de sus hijos reclutados para el Ejército.

El Tribunal le había aplicado el decreto que condenaba a muerte a cualquiera que hiciera exaltación de la Monarquía y la carreta que la conducía a la guillotina estaba a punto de salir de la cárcel del Palacio de Justicia.

Los dos bandos de la Convención se enfrentaron entonces en un debate casuístico. Isnard, portavoz de los moderados, alegó que la ley estaba concebida para castigar a "quien mantenga opiniones contrarrevolucionarias exprofeso", pero no a "una mujer que no sabe nada de política".

Augustin Robespierre, hermano de "El Incorruptible", replicó que lo aprobado era "una ley contra la Monarquía" y que, por lo tanto, "todo el que habla contra la ley es un monárquico". Era el silogismo perfecto de la sofística revolucionaria.

El debate se extendió entonces a los límites de la libertad de expresión y el propio Maximilien Robespierre se empleó a fondo: "Es más preciso que nunca mantener en toda su severidad estas leyes revolucionarias que sofocan el germen del monarquismo y el federalismo, flagelos que perderían a toda la República".

El semanario Revolutions de Paris especularía en su número siguiente sobre si la larga intervención de algún "prolijo orador" no habría impedido llegar a tiempo de salvar la vida de la señora Clère. Pero lo cierto es que cuando su cabeza fue separada del cuerpo, en la que hoy se denomina Plaza de la Concordia, la Convención Nacional ya había votado rechazar la petición de clemencia.

"Reconozco que cuando, el martes pasado, pregunté a mis tres contertulios de , Los desayunos de TVE, si eran partidarios de convertir en delincuente a quien grite "¡Viva Franco! ¡Arriba España!" en un espacio público, tenía en la cabeza la historia de la señora Clère, incluida en mi libro; El primer naufragio. No porque vea, por supuesto, el riesgo de que en España se vaya a guillotinar a nadie por sus ideas, salvo en sentido metafórico, sino porque los argumentos justificativos de la pretendida tipificación como delito de la apología del franquismo son los mismos que utilizaban entonces los "diputados de la Montaña"

"La coalición sanchopablista ha decidido aplicar la máxima de que "no se ejerce la dictadura impunemente... si es de derechas"

El principal de todos es el carácter intrínsecamente criminal del régimen anterior. De igual manera que, al decir de Saint-Just, "no se reina impunemente", la coalición sanchopablista que nos gobierna ha decidido aplicar la máxima de que "no se ejerce la dictadura impunemente... siempre que sea de derechas". Es decir que, más allá de sus actos concretos -que en cuarenta años de franquismo hubo, lógicamente, de todo- lo que merece una persecución retrospectiva es la propia naturaleza de aquel sistema de poder.

Con el agravante de que, así como Luis XVI fue juzgado apenas cinco meses después de su derrocamiento, el proceso a la sombra de Franco se desarrolla cuarenta y cinco años después de que el dictador muriera en la cama y casi ochenta después de que concluyera la fase más aguda de la represión vinculada a la postguerra.

Sin tener en cuenta tampoco que, al mismo tiempo que los españoles padecíamos esa dictadura que tan expeditivamente se tilda de "fascista", en Portugal, Grecia, la mayor parte de América Latina y muchos países de Asia y Africa había regímenes equivalentes y en toda la Europa del Este, la Unión Soviética y China imperaban las dictaduras comunistas.

Por eso, mucho más útil que alancear ahora esos fantasmas del pasado, me parecería que los altos cargos del PSOE y Podemos cuyos padres o abuelos tuvieron algún protagonismo en aquel régimen -hay casos muy notables-, o incluso mera afinidad ideológica con sus valores, trataran de explicar, a través de sus recuerdos infantiles, cuáles fueron los mecanismos sociológicos que permitieron la consolidación, durante tanto tiempo, de algo que ahora presentamos como epítome de lo abyecto.

¿Eran todos los que, por activa o por pasiva, edificaron o respaldaron aquel régimen "verdugos voluntarios" de Franco, por utilizar el término de Daniel Goldhagen sobre la Alemania nazi? Tal vez una respuesta, ajustada en su complejidad a la envergadura de esa pregunta, contribuiría a abortar, con más eficacia que la inclusión de la exaltación del franquismo en el Código Penal, el auge de la ultraderecha que tanto parece preocupar a los colaboradores de Pedro y Pablo.

"¡Menudo lío!", exclamó una de mis colegas de tertulia, cuando sugerí algo parecido. Y tanto que lo fue... ¿Cómo es posible que quienes propugnan la "desjudicialización" de un proceso de sedición flagrantemente en marcha, pretendan "judicializar", con el atizador del Código Penal, la pervivencia de los exánimes rescoldos del pasado?

El maniqueísmo político consiste en sustituir el análisis del intrincado universo de tonalidades grises, que casi siempre conforma la realidad, por la simplificación estereotipada de un mundo en blanco y negro, en el que todo se reduce a la pugna entre el bien y el mal. Por eso, cualquier grupo político que se erige en vanguardia del progreso e intérprete del interés social, lo primero que hace es inventar o maximizar el peligro atribuible a un enemigo, al que se presenta como la encarnación del mal.

Si Vox no existiera, el PSOE y Podemos tendrían que inventarlo, en la medida en que su auge les sirve de pretexto para sus desafueros, de factor de cohesión entre sus parroquianos y de elemento de distracción frente al gran público. Eso sin contar con el fraccionamiento de la oposición y las contradicciones que induce en el PP, al intentar liderarla.

"El maniqueísmo político es sustituir el análisis del intrincado universo gris, por la simplificación del mundo en blanco y negro"

En realidad Vox es un tigre de papel que ruge mucho en los escenarios pero es incapaz de articular soluciones en los despachos. La entrevista de TVE a Santiago Abascal lo puso en evidencia el jueves por la noche. Su propuesta de "elegir" a los inmigrantes, teniendo en cuenta de qué países procede el puñado de delincuentes que participan en "violaciones grupales", denota una xenofobia tan rupestre como la de la alcaldesa de Vic, cuando apela al "aspecto físico" para distinguir al "catalán autóctono" de otras variedades de primates.

¿Y qué decir de que su alternativa a que pueda haber algún colegio en el que se cometan excesos en las sesiones de educación sexual, sea que en ningún colegio se ofrezca ningún tipo de educación sexual? Y que la justifique en que, el mero hecho de entrar en la materia, atenta contra la "inocencia" de los niños. Como si volviéramos al "sadismo en nuestra infancia", Vázquez Montalbán dixit, cuando nos hacían creer que las poluciones nocturnas eran pecado y la masturbación, causa de enfermedades mortales. 

"Vox no es un peligro sino un espantapájaros, frente al que la izquierda se define, a modo de antagonismo purificador. A la disposición natural del PSOE a practicar ese juego, acrecentada en el nuevo "tiempo histórico" de Zapatero, se unen ahora los relatos complementarios de Podemos, con su épica contra el capitalismo y el imperialismo, en la que hasta un tirano como Maduro adquiere carácter redentor, y Esquerra Republicana, con su patrioterismo tribal, en el que la sangre derramada en el martirio de Companys se convierte en el santo óleo que mana de la herida luminosa abierta en el traje de presidiario de Junqueras"

Por supuesto que todo es un falaz cómic para adultos, resumido en el fumetti de la intervención de Gabriel Rufián, tras abrir las puertas del salón, para irrumpir con modales de vaquero en la sesión de control parlamentario: "Que la izquierda haga de izquierda, frente al fascismo de corbata, toga y uniforme". Le faltó añadir un "ahí lo dejo", escupiendo la colilla por la comisura de los labios.

Nadie les tomaba en serio, ni a Pablo Iglesias ni a él, ni a las propias portavoces socialistas, mientras estaban en la oposición o incluso gobernaban en funciones; pero ahora tienen la potestad de cincelar las acróteras del nuevo poder, legítimamente constituido.

Como los amantes de la arquitectura y los lectores de Lope de Vega saben, las acróteras son, en sentido estricto, los zócalos que adornan los frontones de los templos y, en sentido amplio, las propias figuras decorativas que rematan esas cimas. Máscaras de terracota, pegasos alados o símbolos religiosos. Como escribe el "Fénix de los Ingenios" en La Filomena, "en vez de musas, las funestas aves/ cantaron, por los frisos y acróteras/ por las pizarras altas y arquitrabes/ fúnebres himnos, alternando fieras".

Las acróteras eran, en definitiva, los exhibicionistas puntos sobre las íes, mediante los que se definía caprichosamente la identidad e incluso la intención de cada templo. Algo así como las patas de animales, colgadas del cinturón, que distinguían a cada tribu india o, según Tom Wolfe, el periódico bajo el brazo con el que, en la era analógica, cada lector se presentaba ante los demás. La boina, la gorra, el pañuelo anudado a la cabeza, el bombín, el canotier o el sombrero de copa. Dime lo que te pones ahí arriba y te diré quién eres.

Claro que lo importante no son esas señales de humo emitidas desde la cumbre de la montaña, a modo de flores reventonas sobre el ojal de la geografía política, sino lo que suceda en el interior del recinto. Me reitero en que a Sánchez e Iglesias los juzgaremos por los dos grandes baremos de la unidad e igualdad de la España constitucional, por un lado, y de la evolución de las cifras del paro, por el otro.

"Conocemos ya cuáles son las acróteras que, a modo de títeres de un teatrillo de marionetas, los nuevos gobernantes han colocado sobre el guiñol de su poder"

Tras la entreguista reunión con Torra y la nueva senda de estabilidad que sólo aspira a mantener el nivel de desempleo actual, ninguno de los primeros síntomas en ambos frentes son demasiado alentadores, pero es de justicia aplazar, incluso el más provisional de los veredictos, hasta una fase más avanzada del partido. No seré yo quien opine sobre nada antes de que haya sucedido.

"En cambio, sí que conocemos ya cuáles son las acróteras que, a modo de títeres de un teatrillo de marionetas, los nuevos gobernantes han colocado sobre el guiñol de su poder. Y ya que el perezoso sueño de la razón no llegó a tiempo de detener aquella traqueteante carreta que llevó a la guillotina a la pobre cocinera que había gritado "¡Viva el rey!", espabilémonos ahora para movilizar los valores liberales, en contra de la criminalización de las ideas que detestamos. "Freedom for the thoughts that we hate" (Libertad para los pensamientos que odiamos) , en palabras del juez Holmes, presidente del Tribunal Supremo de los Estados Unidos."

No vaya a ser que, de tanto perseguir un franquismo inexistente y un fascismo imaginario, terminemos reinventándolos, mediante la morbosa seducción que sobre los adolescentes ejerce lo prohibido.

No vaya a ser que dentro de otras cuatro décadas, cuando lo que se proponga sea prohibir la apología del separatismo racista y reaccionario o de las dictaduras bolivarianas y sus compañeros de viaje, lo pertinente resulte emplazar a los hijos y nietos del actual régimen en ciernes a que expliquen por qué sus padres y abuelos pudieron abrazar o siquiera justificar doctrinas y conductas tan aberrantes como las de Junqueras y Maduro.

No vaya a ser que las flamantes acróteras de hoy sólo sirvan de "señales", como en la canción de Rodrigo Caro a aquella Itálica famosa, trocada en "campos de soledad, mustio collado", de un "despedazado anfiteatro", enterrado en las ruinas del mañana.

lunes, 1 de octubre de 2018

Cataluña, el problema pendiente

José Álvarez Junco (Viella, Lérida) Historiador, escritor. ex catedrático emérito de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Políticos y Sociales en la Universidad Complutense de Madrid. Ex director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales hasta mayo de 2008 y por virtud de ese cargo, Consejero de Estado. Ocupó entre otros cargos, el de la cátedra Príncipe de Asturias de la Universidad Tufts (Boston), y dirigió el seminario de Estudios Ibéricos del Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Harvard. 


José Álvarez Junco, es autor de diversos e interesantes  libros, entre ellos;  "La ideología política del anarquismo español, 1868-1910" en 1976. Desde entonces su actividad ha sido constante. Destacan de sus trabajos: "Los movimientos obreros en el Madrid del siglo XIX" en 1981; "Periodismo y política en el Madrid de fin de siglo: el primer lerrouxismo, en el  1983; " Lecciones de derecho político, en 1984, en colaboración; "El Emperador del Paralelo, Alejandro Lerroux y la demagogia populista, en el 1990.

En 2016 publica un nuevo libro, Dioses Útiles. Naciones y nacionalismo, en donde expone sus pensamientos con respecto a las naciones y nacionalismos. Cita a países de Europa, así como el imperio Turco y su influencia en la misma. Obviamente también se refiere a las distintas entidades existentes en España. escribe sobre el razonamiento, este superado por los sentimientos. Un interesante libro publicado por la editorial, GALAXIA GUTENBERG


editorial GALAXIA GUTENBERG


José Álvarez Junco, es colaborador del acreditado diario El País, en donde ha publicado un interesante articulo en la revista semanal Babelia, escrito que por considerar que puede ser del interés de nuestros lectores lo adjuntamos en elblogdefcosvi. 


José Álvarez Junco


El País
revista semanal Babelia 


MAPA PARA SALIR DEL LABERINTO CATALÁN

Cataluña, el problema pendiente

De todas las tensiones que atravesaban España hace un siglo, la única que sigue sin resolverse es la reivindicación territorial. La estabilidad democrática ha vuelto a chocar con el nacionalismo



por: José Álvarez Junco 

Babelia
El País

01/10/2018



No son muchos ya, imagino, los que recuerdan lo que se sentía al leer la famosa literatura sobre el “problema español”. Fue aquel todo un género literario, hundido en el pesimismo más sombrío, que se prolongó más de medio siglo, a partir de 1898, y que seguía formando parte de las lecturas iniciales de cualquier joven con preocupaciones políticas en los años sesenta. Aquellos libros pretendían explicar las razones del desastre nacional —un desastre que nadie negaba—. Y lo hacían en términos que iban desde el esencialismo hasta el historicismo, desde lo racial hasta lo providencial o lo paranoico. Avalaban aquellas obras nombres del máximo prestigio: Costa, Unamuno, Maeztu, Baroja, Machado, Ortega… Como nos decían que eran clásicos, y que sus ideas seguían vigentes, los leíamos con toda seriedad; y andábamos meditabundos y acomplejados.

Porque la lista de problemas con la que se enfrentaba el país era, de verdad, apabullante, sobre todo comparándolo con Reino Unido, Francia o Alemania, países nada normales, sino excepcionales, en aquel momento. Era una economía atrasada, con una renta per cápita que apenas alcanzaba la mitad de la de esos tres países. El campo, que absorbía dos tercios de la población activa al comenzar el siglo, estaba dominado en el centro-sur por latifundistas absentistas y braceros sin tierra, y en el norte, por minifundios que expulsaban población emigrante. La historia política desde 1808 era una trepidante sucesión de cambios de régimen, Constituciones efímeras y guerras civiles, culminado todo en la matanza de 1936-1939 y la dictadura en vigor. La Iglesia católica monopolizaba el espacio público y se imponía al poder civil, salvo esporádicas explosiones de turbas anticlericales que quemaban iglesias y mataban curas. Los militares eran otro Estado dentro del Estado, y los Gobiernos no se atrevían a enfrentarse con ellos, por el riesgo de pronunciamientos —cien en un siglo, entre exitosos y fallidos; el último, origen del régimen—. El sistema educativo era escuálido y obsoleto, y en 1900 dos tercios de los españoles eran analfabetos. En el escenario internacional, tras la pérdida casi completa del imperio en 1810-1825 y de sus residuos en 1898, España había pasado a ser una potencia irrelevante, ausente en las alianzas o guerras europeas. Y seguía, por último, sin resolverse la distribución territorial del poder; un asunto que podía ser acallado por la fuerza, como habían hecho Primo de Rivera o Franco, pero que volvían a plantear las élites periféricas, sobre todo catalanas —las vascas habían logrado un cierto arreglo—, a la menor ocasión.

Sobraban, sí, las razones para el pesimismo. Los problemas eran graves e innegables, pero quienes escribían sobre ellos (literatos en realidad, y de envidiable calidad, pero no analistas sociales ni políticos) los exageraban y, sobre todo, los elevaban al nivel de lo esencial y poco menos que eterno. De ahí las utópicas soluciones que ofrecían: había que cambiar —nada menos— la “forma de ser” nacional, transformar nuestra psicología fantasiosa, egoísta, autoflagelante, perezosa e indiferente ante el bien común, y convertirnos en orgullosos y prácticos ciudadanos, como los ingleses o los americanos. Para lograr tales cambios, algunos confiaban en la enseñanza, que debería dejar de ser libresca, memorística y ajena a cualquier saber útil; y otros, en un “cirujano de hierro” que sajara y depurara sin piedad la esfera pública, logrando por decreto que los partidos dejaran de ser bandas de caciques depredadores y los funcionarios se convirtieran en honrados y eficaces servidores públicos. Para el paisaje, que también debía pasar de seco a húmedo, todos apostaban por los pantanos.

Al victimismo secesionista se le sumaron la crisis económica de 2008 y el anticatalanismo del PP

Qué complejo, la verdad, salir a Europa —así decíamos: salir a Europa— en los años cincuenta o sesenta y encontrarse con países donde los trenes eran rápidos, limpios, puntuales; donde los mendigos no afeaban las calles; donde la gente andaba deprisa, a lo suyo, y si te rozaban decían pardon o sorry, en lugar de haraganear y bromear en las esquinas; donde no había películas ni libros prohibidos y las parejas se besaban en los parques; donde existían sindicatos y elecciones libres, edificios con grandes rótulos de Parti Communiste Français y mítines laboristas en los que viejitas impolutas cantaban La Internacional con el puño cerrado. Todo esto sin que se hundiera la bóveda celestial. Y encima eran más ricos que nosotros.

El caso es que Franco murió y para entonces, gracias a un crecimiento económico disparado por la liberalización y el contexto europeo, algunos de esos problemas seculares estaban disolviéndose como azucarillos: la economía despegaba a gran velocidad; la mecanización expulsaba del campo a millones de personas y el sector agrícola se convertía en residual; clericalismo y anticlericalismo perdían virulencia en una sociedad moderna y secularizada. La Transición se propuso y logró la construcción de una democracia estable. Y España se integró en la Unión Europea y la OTAN, con lo que subió al escenario internacional como una potencia de rango medio, acorde con su peso demográfico y económico; y los militares aprendieron inglés y respeto a las leyes.

Era una historia, en fin, de éxito. Pero no en relación con el problema territorial, que siguió coleando. Ante esta cuestión, la Transición había partido prácticamente de cero. El Estado español moderno —radicalmente distinto a la monarquía imperial de los siglos XVI a XVIII— había nacido en Cádiz, en 1812. Y desde entonces había tomado como modelo el centralismo revolucionario o napoleónico francés. Quizás hubiera sido mejor haberlo hecho con el caso británico, conjunto de reinos preexistentes agrupados en una monarquía común. Pero lo cierto es que el modelo inicial sobrevivió incuestionado durante casi todo el XIX, y que las afirmaciones de identidad regional —las proclamas sobre Cataluña como “patria” propia— partían de la aceptación de España como “nación” política o sujeto de la soberanía. Ese doble patriotismo se vio dificultado tras el fracaso del ciclo revolucionario en 1874 y más aún tras la debacle de 1898, cuando algunos grupos empezaron a plantear la identidad catalana o vasca como rivales y excluyentes de la española; pero el doble patriotismo siguió dominando. En dos situaciones democráticas, 1931 y 1978, se intentó resolver este problema con un Estado unitario pero con esferas excepcionales de autogobierno para las regiones que lo desearan. La de 1931 fracasó, víctima de los radicalismos. La de 1978 parecía tener mejores perspectivas.

La historia juzgará a las élites nacionalistas y las culpará de la división de la sociedad catalana

La Transición fue un ejercicio de sensatez y renuncia, por un lado, a la llorosa y dañina literatura del desastre y, por otro, a los grandiosos sueños de transformación del mundo que nuestras mentes habían incubado durante la larga noche del antifranquismo. Adónde vas tú, Carrillo, cantábamos, con la reconciliación. No bastaba con derrocar la dictadura. Queríamos la revolución. Y no una revolución cualquiera, sino una que, superando el estalinismo y otros “errores”, fuera, a la vez, democrática, autogestionada, lúdica y respetuosa con las minorías sexuales o nacionales. El paquete redondo. De vez en cuando, alguno sugería un matiz olvidado y, tras largo debate, lo incluíamos. Pero nos hicimos mayores, en el mejor sentido, y renunciamos a estas demandas a cambio de asegurar las libertades políticas fundamentales y el crecimiento económico.

Los nacionalistas radicales, en cambio, no renunciaron a nada. Su sueño era la independencia, y lo mantuvieron, aunque siguieran siendo minoría. No se iban a conformar con un mero autogobierno, aunque fuera amplio; y menos aún con un autogobierno similar al otorgado a otros territorios del país, sin su tradición identitaria y de exigencia autonómica.

La Generalitat, como el Gobierno vasco, cayó en manos de los nacionalistas. No de los más radicales, pues Jordi Pujol creía imposible la independencia y se limitó a elevar al máximo el listón de sus exigencias dentro de la legalidad. Pero, en vez de concentrarse en el autogobierno, su tarea principal fue fer país, es decir, construir la nación. Una nación sin Estado, decían, pero apoyada, en realidad, por un aparato político y administrativo perfectamente estatal que dedicaba sus mejores esfuerzos a reforzar el sentimiento de nación catalana y debilitar el de la española.

Sus medios principales fueron los de cualquier Estado: el sistema educativo, las instituciones oficiales y los medios públicos de comunicación. Como ejemplo de institución, el Museu d’Història de Catalunya, que sigue difundiendo hoy ante visitas escolares diarias la versión canónica del victimismo nacionalista. Como ejemplo de los medios, el mapa del tiempo de TV3, que incluye los Països Catalans, pero excluye el resto de España. Si a ello se añaden la crisis económica de 2008 y el anticatalanismo del PP (de la derecha española no se puede olvidar aquella explosión espontánea, al reconquistar el poder en marzo de 1996, de “Pujol, enano, habla castellano”), se comprende el auge del sentimiento exclusivista e independentista entre las jóvenes generaciones.

Ese es, pues, el principal problema que sigue vivo ante nosotros (dejo de lado, ya sé, cosas como la calidad de la enseñanza y la investigación, que, desgraciadamente, angustian menos a la opinión). Deberíamos poder resolverlo, como resolvimos los demás. La ­fórmula será, seguramente, un federalismo más auténtico y completo. Pero no habrá solución a partir de los planteamientos clásicos de los nacionalismos excluyentes.

La historia juzgará algún día a las élites nacionalistas. Les culpará, creo, del grave deterioro de la cultura catalana, antes cosmopolita y hoy ensimismada, y de la división de la sociedad, antes satisfecha con el bilingüismo y la doble identidad. Como les culpará por haber creado un Estado en su peor versión posible: el decidido a imponer la homogeneidad cultural, según su modelo preconcebido de nación, y por tanto a reducir la libertad  y la pluralidad de la sociedad a la que gobierna.

miércoles, 29 de agosto de 2018

La transición: confesiones para párvulos y desmemoriados


Adrián Mac Liman, periodista, escritor, corresponsal de diversos e importantes diarios internacionales, publica en su blog: Ventana al Mundo, una vez más escribe un muy interesante artículo con una acertada reflexión final.  Por considerar que puede ser del interés de nuestros seguidores lo adjuntamos en elblogdfcosvi.  




Adrián Mac Liman 




La transición: confesiones para párvulos y desmemoriados


Por: Adrián Mac Liman

Ventana al Mundo

29/08/2018



Ginebra, 17 de octubre de 1975. El teléfono sonó dos veces aquella tarde. Los mensajes, aparentemente contradictorios, se complementaban. El primero en llamar fue Carlos Godó, dueño de La Vanguardia Española, uno de los empresarios de prensa más liberales de la época franquista. “Escuche Adrián: el Rey está en Lausana. En fin, me entiende, me refiero al padre del Rey, quiero decir, del Príncipe. Me entiende, ¿verdad? Por favor, vaya a verle de mi parte. Dígale que el conde de Godó le saluda muy cordialmente. ¿Me comprende? Muuuy cordialmente ... “.

La matización parecía superflua; el tono de su voz reflejaba perfectamente los sentimientos. Por poco se me olvida que en 1939, al final de la Guerra Civil, el dueño del rotativo catalán regresó a Barcelona con los convoyes del ejército nacional, vistiendo uniforme de “requeté”. Aunque también es cierto que durante las casi cuatro décadas de la cacareada “paz de Franco”, la aristocracia de dinero de la Ciudad Condal se fue apartando progresivamente de la molesta y sofocante doctrina del Glorioso Alzamiento Nacional.

La separación resultó ser progresiva, aunque no total. Unas semanas más tarde, el 21 de noviembre, don Juan de Borbón me sorprendió con su “sentido pésame”. “Lo siento mucho por su padre, Mac Liman”. “¿Mi padre, Señor?” “Sí, por el fallecimiento de su padre…”.  “Pero...¡mi padre vive!”  “Se equivoca usted; su padre ha muerto”. Un buen amigo diplomático, monárquico de toda la vida, se encargó en dilucidar el misterio. “¿Viste la portada de La Vanguardia? A Godó se le ha ocurrido titular: HA MUERTO EL PADRE DE TODOS LOS ESPAÑOLES. El Rey (don Juan) está muy molesto con “tu” conde. Podías haberte ahorrado el viaje…”  No me incumbe a mí mentar la hipocresía catalana.

La segunda llamada no me cogió desprevenido. Reconocí la voz de Manolo Velasco, director de CAMBIO 16. “Mira, esto se está acabando. Ve a Lausana y averigua qué opinan los monárquicos. Y de paso, cuéntame cómo se prepara la ruptura”.

Eso... ruptura... Durante la larga agonía del viejo dictador, nadie se atrevió a pronunciar su nombre en las conferencias telefónicas internacionales. La prensa estaba amordazada; el omnipresente servicio de escuchas de la Dirección General de Seguridad se dedicaba a grabar las llamadas con París y Londres, Lausana y Washington.

Joaquín Muñoz Peirats me acogió en el hotel Royal de Ouchy, residencia provisional de don Juan de Borbón en los últimos meses de 1975, tras su precipitada salida de Estoril. “¿Tú también vienes a ver al Rey?”. En efecto, desde su llegada a Suiza, el Conde de Barcelona había recibido a numerosas personalidades españolas: monárquicos, liberales, nacionalistas, miembros del Opus Dei. Trato de hacer memoria: ah, ¡sí! y también a un par de futuros ministros socialistas.

Le hablé a Peirats de mi doble y, por consiguiente, ambigua condición de emisario-periodista. Sonrió; le encantaba sonreír. “Descuida: aquí lo único que cuenta es la condición de ser humano, de español, de monárquico, de liberal...”.

Los visitantes del fin de semana empezaron a llegar a la caída de la tarde. Después de la cena, se habló de España, del porvenir de la Corona. A puerta cerrada, sin testigos. Quienes acudieron a la cita, a las múltiples citas de aquellas semanas, respetaron durante décadas el pacto de silencio qué se habían impuesto voluntariamente.

¿La ruptura? Decididamente, don Juan no parecía dispuesto a avalar un proceso susceptible de provocar nuevos enfrentamientos, de resucitar los traumas del pasado. La tradición liberal de la monarquía aconsejaba apoyarla apertura política, no la ruptura. “Será un proceso largo, complejo y complicado; un ejercicio difícil, que aún no tiene nombre. Pero, ¿qué más da? El nombre es lo de menos”, confesó aquella noche un miembro del Consejo privado del Conde de Barcelona.

Apertura, cambio, reforma, ruptura, continuismo. Detrás de cada vocablo había un proyecto concreto, un grupo de personas, una opción política. La mera prudencia aconsejaba disociar la figura de Don Juan de Borbón, la institución monárquica de las corrientes existentes en aquel entonces. Tardé más de 48 horas en encontrar una definición a la vez neutra y novedosa, recurriendo a la única palabra jamás pronunciada en los maratonianos conciliábulos de Lausana: transición. El editor de CAMBIO16, Juan Tomás de Salas, decidió apostar por ella, dedicándole la portada del semanario a finales de noviembre de aquel año. Quienes pertenecen a la generación acostumbrada a leer entre líneas, a escribir entre líneas, recordarán sin duda que en aquel entonces las palabras solían encerrar cargas explosivas.

Washington, abril de 1976. Acompaño a mi colega Rafael Calvo Serer, comentarista político del diario mejicano Excelsior  y, ante todo, enviado de la “Platajunta”, conglomerado de agrupaciones de oposición antifranquista creadas en los últimos meses de 1975, a una de sus habituales citas con el senador Hubert H. Humplhrey, presidente del Comité de Relaciones Internacionales del Congreso de los Estados Unidos. Según él, el contraste era benéfico: de este modo, se estimula el debate.

En efecto; Rafael habla del franquismo, de la dictadura, de la opresión. El viejo político demócrata le interrumpe al cabo de un rato. “Le recuerdo, míster Calvo, que Franco murió hace seis meses”.

“Franco sí, senador; pero el franquismo no. En España aún no hay democracia”, repone el artífice de la coalición de París.

Humphrey me dirige una penetrante mirada inquisidora. “Es cierto, no la hay, pero... pero sí la habrá”, contesto casi sin percatarme.

El senador bajó la cabeza, ensimismado. “En resumidas cuentas, señores, ¿qué convendría hacer para amparar a la joven democracia española?", preguntó tras un largo silencio.

Así nació la young Spanish democracy, hermana pequeña de la transición. Pero lo cierto es que a Hubert Humphrey le debemos mucho más que una mera aportación lingüística a las etapas clave de la historia española; las actas del Congreso desvelan el verdadero alcance de su involucramiento en la larga marcha hacia la democracia.

Quienes pretenden reescribir la Historia, borrar el pasado, deberían recapacitar. Acabar de un plumazo con la Transición (de la que reniegan) equivale al sacrificio del Padre. 

¿Algún psiquiatra amigo para desenredar este entuerto?