domingo, 14 de octubre de 2018

El teatro bajo la arena

El acreditado diario EL País, adjunta en el día de hoy, en las páginas de opinión, un magnífico y acertado y perfectamente entendible artículo, firmado por Eduardo Madina, por considerar que dicho arículo será del interés de nuestros lectores, lo adjuntamos en elblogdefcosvi.   


Eduardo Madina



Eduardo Madina (Bilbao-1976) Licenciado  en Historia contemporánea en la Universidad de Deusto. Máster en Integración europea por la Universidad del País Vasco, especializado en Relaciones Internacionales. Ha trabajado como técnico en el Parlamento Europeo, ha sido profesor en diferentes universidades españolas sobre Relaciones internacionales y construcción europea, también lo fue en la Universidad Carlos III de Historia Contemporánea 

Eduardo Madina fue director y presentador  de un programa musical de dos días a la semana en Radio 3, llamado El archiduc, un buen programa y una buena careta de entrada y despedida, lo cual dice mucho a favor de Eduardo Madina. Es colaborador del diario El País, en sus páginas de Opinión, y del programa Hora 25 de la cadena SER, dirigido por Ángels Barceló. también es el director de Kreab Research Unit, unidad de análisis y estudios de la consultora Kreab en su división en España.

Eduardo Madina, fue el secretario general del Grupo Parlamentario Socialista en el Congresodel abril del 2009 y al septiembre del 2014. En julio del 2017 renunció a su escaño como diputado socialista.  En el año 2002, sufrió un atentado de la banda terrorista ETA, causándole graves lesiones. 

Tras la dimisión en el 2014 del secretario general del PSOEAlfredo Pérez Rubalcaba, a causa de la derrota electoral en la elecciones Europeas, Eduardo Madina fue uno de los militantes del PSOE que anunció su candidatura a la secretaria general, enfrentándose a dos militantes que también aspiraban a ella, el Sevillano José Antonio Pérez Tapias y el madrileño Pedro Sánchez, consiguiendo la secretaria general el diputado Pedro Sánchez. Luego los acontecimientos posteriores ya son historia del PSOE, suficientemente conocidos y de la política española.


Mágnifica ilustración e idea de Eulogia Merle, la cual acompaña el artículo de El País, escrito por Eduardo Madina




El teatro bajo la arena


La política empieza a concebirse en España como una rama más del entretenimiento. Lo político debe volver a proyectos claros de país, líneas de acción y narración comprensibles y capacidad de pacto


por: Eduardo Madina

Opinión 

El País 

a 13/10/2018 


                                                              " Un cielo adormecido de pronto
                                                                 se despierta.......En lugar de 
                                                                 nubes nuevas, trae teatro bajo
                                                                 la arena ".

                                                                 Jesús y Antonio Arias. Lagartija
                                                                 Nick (Lagartija Nick es un grupo español 
                                                                                                de Rock alternativo de Granada)
                                                              



En la Huerta de San Vicente la habitación de Federico García Lorca trajo de nuevo a mi memoria una de las obras quizá menos conocidas del poeta granadino: El público.Un texto escrito entre Nueva York y Cuba, pero quién sabe si terminado sobre el elegante silencio de aquel escritorio. El hartazgo y el cansancio con el que denominaba falso teatro de máscaras llevó al autor a plantear una nueva manera de comprenderlo. Para ello, demandaba una autenticidad completa y total en la representación, una autenticidad honesta y descarnada que sirviera para llevar al público a una verdad cruda y desnuda. Un teatro bajo la arena situado en las antípodas del que habitualmente ocupaba los escenarios al aire libre, que se representaba a la manera tradicional y que muchas veces veía frívolo y vacío.


Lorca quería verdad, salir de las representaciones impostadas, repetidas y gastadas para poder llevar la obra hasta el fondo de la naturaleza humana, a lugares menos cálidos, a preguntas más difíciles y espejos más incómodos, a algunas de las cosas que no nos decimos.

Resulta inevitable pensar en lo positivo que sería un proceso así en la conversación política española. Seguramente no es responsabilidad de ningún Gobierno ni de ningún partido en particular, pero la propaganda aparenta estar comiéndose la autenticidad de la política y da la sensación de estar llevándola hacia lugares alejados de los desafíos reales en los que el país se la juega.

Los problemas del país exigen grandes acuerdos entre fuerzas políticas, sindicales y organizaciones empresariales

Paralelamente, los asuntos rara vez duran el tiempo necesario como para que asienten y poder deliberar sobre ellos. La conversación salta de mensaje en mensaje y de anuncio en anuncio. Va solapando unos con otros hasta hacerlos desaparecer. Tanto que parecen capítulos de una serie, que pasan y se olvidan, sin hilos conductores ni conexiones claras. Cataluña al margen, resulta muy complicado adivinar cuáles son los temas principales del debate.

Mientras tanto, los problemas esperan en un país con algunos retos de enorme magnitud. En algunos casos, auténticos desafíos de época que necesitan de grandes reformas y de cambios completos de mentalidad, que solo se pueden afrontar desde la honestidad, la seriedad y la estabilidad de las propuestas y que solo se pueden llevar a cabo desde grandes acuerdos entre distintas fuerzas políticas, sindicales y organizaciones empresariales. No hay otro camino si se pretende que las transformaciones sean sólidas y duren en el tiempo. No hay otra vía si se busca rebajar nuestro nivel de vulnerabilidad ante el futuro.

Nuestra economía, por ejemplo, que tiene que incrementar de forma urgente sus capacidades competitivas por valor añadido y formación, reducir la tasa de endeudamiento e incrementar la capacidad de ahorro de un país que necesita mejorar esas dos variables. Nuestro mercado de trabajo, que debe recuperar los derechos perdidos con la gran devaluación interna aplicada por el anterior Gobierno y anticiparse a la inmensa transformación productiva que traerá la inminente revolución digital y robótica. Nuestra formación profesional, lejos todavía de los modelos más avanzados de la Unión Europea ante unas relaciones laborales que serán completamente distintas en los próximos años. Nuestro Estado de bienestar, que deberá redefinir su naturaleza y ampliar su tamaño ante la inmensa transformación que ya llega de la mano de los cambios tecnológicos. Nuestra educación cero-tres años, origen de las desigualdades posteriormente consagradas en el ciclo de la vida y primer escalón de un modelo social que pretenda definirse como sólido.

Nuestro modelo territorial, con alguna grieta enormemente preocupante en Cataluña, que requiere además de reformas y actualizaciones para un funcionamiento más clarificado y eficaz de las Administraciones y los servicios públicos.

La demografía y la inmigración, en un país con indicadores de natalidad inferiores a la media europea, con tendencia al envejecimiento y con un debate migratorio excesivamente tímido ante los publicistas del miedo.

Seguramente, hay más retos de trascendencia alta, pero con la excepción de la lucha por la igualdad, que afortunadamente el feminismo ha colocado en el centro de la agenda, ninguno de ellos estructura la conversación política diaria en nuestro país.

Nuestra economía tiene que aumentar sus capacidades competitivas, reducir la deuda y elevar la tasa de ahorro

Entretanto, produce escalofríos pensar que esté permeabilizando aquí lo que tan habitual se está volviendo en otros países; que empiece a concebirse no sólo la política sino lo político como una rama más del entretenimiento, a interpretarse de manera similar a como se interpretan las tramas de ficción y los guiones de Netflix. Cuando eso sucede, otras experiencias nos enseñan que la naturaleza de la representación de algunos líderes se transfiere desde el campo de la ficción audiovisual al ámbito político e institucional. A qué se parecen si no Donald Trump, Boris Johnson, Jair Bolsonaro o Matteo Salvini, qué son sino personajes imposibles de creer fuera de la ficción. Sus intervenciones y sus discursos, llenos de barbaridades, de exageraciones y de odio, su manera de comportarse y actuar, entre anticívica y esperpéntica, todo eso parecía imposible hasta hace unos años fuera de un contexto de ficción. Y, sin embargo, son reales. Tanto que, en ocasiones, superan con creces los límites creativos del mejor de los guionistas posibles.

La semana pasada, voces políticas similares, que también parecen salidas de una trama de ficción, llenaron Vistalegre. Y no, no es que ya estén aquí. Ya lo estaban. A la espera del contexto, la financiación y los apoyos necesarios. Y los han encontrado. Esperemos que, cuando se recuenten los votos en los siguientes procesos electorales, estos no sean bastantes más de los que detectan algunas tendencias sociológicas.

Para evitarlo y para colocar a nuestro país en mejores condiciones ante los retos que tiene y las transformaciones que llegan es urgente que lo político vuelva a donde otras veces estuvo; proyectos claros de país contrastados dialécticamente, líneas de acción y narración comprensibles, estables en el tiempo y coherentes junto a capacidad de renuncia y de pacto para las reformas que se necesitan.

Siguiendo la imagen de Lorca, buscar la autenticidad. Y mirar con ella a los ojos de las verdades difíciles y de los hechos ciertos.

viernes, 12 de octubre de 2018

El delicado equilibrio de la Unión Europea

La plataforma multimedia Letras libres, publica un interesante artículo, firmado por Elena Alfaro. Por considerar que dicho artículo puede ser del interés de nuestros seguidores, lo incluimos en elblogdefcosvi. 

Buen articulo de Elena Alfaro, que a su vez lo hace sobre el libro After Europe, publicado en el 2017, y cuyo autor es Ivan Krastev, politólogo e intelectual Búlgaro, autor de diversos libros publicados.  





El delicado equilibrio de la Unión Europea 

En 'After Europe', el politólogo Ivan Krastev señala el fallo de las élites liberales a la hora de explicar los retos de la inmigración, lo que ha abierto la puerta a la extrema derecha.


por: Elena Alfaro

Plataforma multimedia, Letras libres 

a 05/10/2018 


“Hacer impensable la desintegración europea fue la estrategia preferida frente a hacer la integración irreversible”, escribe Ivan Krastev en After Europe (University of Pennsylvania Press, 2017), una reflexión sobre el presente y el futuro de la Unión Europea. El libro es un intento por comprender las numerosas tensiones que, tras años de prosperidad, amenazan la supervivencia de la Unión. Como nos recuerda el autor, “las sociedades a veces cometen suicidio y lo hacen con cierto garbo”.

A esta tarea dedica dos capítulos, titulados “Nosotros, los europeos” y “Ellos, el pueblo” y unas conclusiones. El resultado es un ensayo verdaderamente estimulante, tanto por lo que podrían ser errores como aciertos. La forma en que Krastev se asoma a los conflictos muestra ángulos inexplorados.


Nosotros, los europeos, nunca fuimos ángeles: no tenemos miedos distintos ni estamos libres de fracasar ante los mismo retos que cualquier sociedad. Tenemos miedo a disolvernos, a perecer y a perder lo que siempre creímos que estaría ahí para nosotros.


Krastev nos mira de una forma honesta, casi afectuosa. Su pesimismo no es descorazonado, sino más bien una aceptación de la debilidad de la naturaleza humana y de sus zonas oscuras.


Desde ese observatorio describe con agudeza cómo lo que para muchos europeos ha representado siempre la fortaleza de la democracia liberal, aquello que la hace admirable, para otros significa la puerta de entrada de su destrucción. La tolerancia, antaño seña de identidad europea, es ahora percibida como debilidad.


El autor cree que la crisis migratoria de los últimos años ha supuesto una verdadera prueba de esfuerzo para la supervivencia de una Unión basada en ideales compartidos. Analiza el pánico demográfico que se cierne sobre algunas naciones, especialmente en el centro y este de Europa, entre los países que pierden habitantes. “¿Quedará alguien que lea poesía búlgara dentro de cien años?”

Este “futuro de pesadilla demográfica” explica en parte que sociedades que no han acogido prácticamente refugiados sean tan beligerantes con las políticas migratorias. Son sociedades poscomunistas bastante secularizadas y tolerantes en cuestiones sexuales que reaccionan negativamente ante asuntos como el matrimonio homosexual por la sencilla razón de que para ellos significa menos hijos. “Muchas veces es la nación, no dios, el escudo que protege contra la idea de la mortalidad. Es en la memoria de nuestra familia y de nuestra nación donde esperamos seguir viviendo tras nuestra muerte.” Esta es la triste paradoja a la que se enfrentan poblaciones donde no nacen niños, pero ven a quienes quieren llegar del otro lado del Mediterráneo como una amenaza a su propia existencia. No olvidemos que “en la historia reciente las naciones del centro y este de Europa han tenido la desafortunada costumbre de desaparecer”, recuerda Krastev.


Destaca la original caracterización de los nuevos populismos: “la ambición de estos populismos es empoderar gente sin ofrecer ningún proyecto en común”, algo a lo que somos especialmente vulnerables cuando nos hemos convertido en una “sociedad de consumidores” que exige de sus líderes una satisfacción rápida de sus demandas. La metáfora del cliente y el camarero remite a una pregunta recurrente: ¿quién se bajará de esta carrera si competir así es eficaz y no hacerlo te penaliza?


Sobre la dicotomía entre nacionalismo/globalismo, de nuevo Krastev mira un poco más allá. Los nuevos populistas no ofrecen salvación, sino permanencia: “No prometen justicia sino solidaridad.” No presumen de mérito sino de sentimientos compartidos. Su seductora mercancía “no es competencia, sino intimidad”. Y la democracia liberal no está especialmente equipada para enfrentarse a eso.


El ataque de los populistas tendrá como objetivo desmantelar el sistema de contrapesos, y la primera señal vendrá con el desprestigio de los principios e instituciones del liberalismo constitucional. Reclamarán para sí la representación en exclusiva del pueblo, pero no será una representación “empírica” sino siempre “moral”, como señala Krastev.


El segundo de los hallazgos descubiertos en este libro es la economista y doctora en psicología política Karen Stenner, que en 2005 publicó la tesis “Dinámica autoritaria” (“The authoritarian dynamic”, Cambridge University Press), y acuñó el concepto de “amenaza normativa”. Lo describe como el catalizador que activa la predisposición autoritaria de determinados individuos y posibilita su traducción en actitudes y comportamientos intolerantes. En este sentido, cuanto mayor es la percepción del aumento de la “diferencia” en el seno de una sociedad y más intensa la idea de que los líderes al mando son incapaces de controlar la situación, más rápidamente se inclinarán los autoritarios hacia actitudes intolerantes. Muchos ciudadanos tenían la sensación de que la crisis migratoria estaba fuera de control y eso provocó un pánico moral. “La intolerancia”, dice Stenner, “no es un problema del pasado, sino, muy al contrario, del futuro”. En sentido contrario, transmitir confianza en la gestión del problema y presentar medidas de integración mitiga dichas predisposiciones.


Por eso Krastev se muestra duro cuando señala el fallo de las élites liberales por no haber querido, ni sabido, enfrentar las consecuencias de la crisis migratoria. No haber ofrecido ninguna otra respuesta más allá de insistir en los beneficios de la inmigración ha convertido, para muchos ciudadanos, liberalismo e hipocresía en sinónimos, y ha facilitado un nicho a los partidos de extrema derecha que se oponen férreamente a las políticas migratorias liberales. Seguramente Krastev verá confirmadas sus intuiciones al comprobar cómo recientemente partidos del otro extremo del espectro ideológico adoptan estos discursos con el objetivo de atraer o retener a sus votantes.


En la última parte del ensayo Krastev se centra en el análisis del referéndum como herramienta. De nuevo su aproximación es original: Italia 2016, Países Bajos 2015 y Hungría 2015. Tres fracasos y tres enseñanzas distintas. Su opinión sobre el potencial uso de esta herramienta es demoledora: “Si la UE se suicidara, el arma elegida sería probablemente un referéndum popular o una sucesión de ellos.


La conclusión final no es especialmente alegre, pero tampoco sorprende: como recuerda el autor, “el progreso solo es lineal en los malos libros de historia”. Dado lo extraordinariamente complicada que resulta la supervivencia de las democracias liberales, el éxito, quizás, no radicará tanto en lograr la completa derrota de sus enemigos como en agotarlos, adoptando, si fuera preciso, alguno de sus postulados. Aquí resuenan los ecos de Stenner, cuya lección final se resume así: “Podemos hacer cuanta moralización queramos sobre cómo es el ciudadano ideal que deseamos. Pero la democracia es más segura y la tolerancia se maximiza cuando diseñamos sistemas que se ajustan a cómo son realmente las personas. Porque algunas personas nunca vivirán cómodamente en una democracia liberal.”


Así, concluye Krastev, la Unión tendría en su capacidad de supervivencia su mejor fuente de legitimidad futura. Es posible que, dado el momento en que Krastev escribió este texto, magnificara la crisis migratoria como origen del cambio de actitud de tantos ciudadanos europeos. Aunque así fuera, es indiscutible que muchos de ellos han empezado a buscar líderes “fuertes” cuyo principal atractivo sea una exaltación nacionalista y el deseo de levantar nuevas fronteras.


Hay algo en esta asunción de lo delicado de nuestro equilibrio, de la humilde interpretación de lo que es una victoria y de lo alejado de finales épicos del pensamiento de Krastev que me recordó a la conclusión que extraje del libro de Heath y Potter, Rebelarse vende (Taurus, 2005). El capitalismo “derrota” a sus enemigos transformando sus ataques en parte de sí mismo, es decir, convirtiéndolos en mercancía. Tal vez la llave de la resiliencia que necesita la Unión Europea la encuentre en la capacidad única que poseen las democracias liberales para adaptarse a distintos contextos y dar cabida a individuos diferentes.


John McDonnell: el último titán del socialismo laborista



Rafa de Miguel (Zaragoza, 1968), periodista y abogado. licenciado en derecho por la Universidad de Zaragoza, Derecho Internacional Público por la Universidad de La HayaMáster de Periodismo UAM-EL PAÍS. Vinculado profesionalmente en su mayoría con  las empresas del Grupo Prisa: Canal Plus, CNN+, la SER, etc. En Canal Plus, fue redactor jefe de Nacional y delago en Estados Unidos de CNN+ en Atlanta, entre otros aspectos relevantes le toco cubrir, como corresponsal, los terribles atentados del 11-S.


Rafa de Miguel


Rafa de Miguel escribe para el acreditado diario El País, un muy interesante y acertado artículo, a nuestro juicio  incluido el agudo toque, así interpretado por nosotros, en la frase expuesta como referencia : "Una especie de 15-M con continuidad en el tiempo" . Un artículo que interpretamos que a nuestros seguidores les puede interesar, por lo cual lo adjuntamos en elblogdefcosvi.



John McDonnell,  buena caricatura efectuada por Lluis Grañena, incluida en el artículo de Rafa de Miguel.






John McDonnell: el último titán del socialismo laborista


Muchos consideran que el británico es el líder de facto del partido, el cerebro, el hombre de las ideas

por: Rafa de Miguel 

El País 

Ideas/La carta de la noticia 

a 08/10/2018


Es probable que John McDonnell, que vive rodeado de libros y a sus 64 años sigue siendo un autodidacta en constante aprendizaje, haya leído alguna vez a Giner de los Ríos. Si no lo ha hecho, es aun así la demostración británica del axioma del padre de la Institución Libre de Enseñanza, “cada día más radical y con la camisa más limpia”.

Porque hubiera sido fácil confundirle con un banquero de la City londinense cuando subió al estrado en el último congreso del Partido Laborista, en Liverpool, y prometió a los militantes una revolución en toda regla si logran reconquistar el poder en Reino Unido después de una década en el desierto. “Cuanto mayor sea el destrozo que heredemos, más radicales tendremos que ser; cuanto mayor sea la necesidad de un cambio, mayor será la oportunidad que tendremos de crear ese cambio. Y lo haremos”, dijo sin perder la sonrisa.

Muchos laboristas consideran que McDonnell es el líder de facto del partido. El cerebro gris. El hombre de las ideas. El marxista irredento que ha sido capaz de aguantar años en la sombra, sin tirar la toalla, a la espera de la oportunidad de poner en práctica su proyecto. En 2006 dijo que sus “mayores influencias intelectuales eran, fundamentalmente, los escritos marxistas del propio Marx, de Lenin y de Trotski”. Educado en el socialismo bennista, el de Tony Benn, que perdió fuelle a finales de los años setenta y fue ridiculizado durante la década gloriosa del nuevo laborismo de Tony Blair y Gordon Brown, McDonnell rumió su venganza agazapado en las filas del Grupo de Campaña Socialista Bennista, una corriente parlamentaria en minoría a la que se intentó conducir a la irrelevancia. “Eran una tumba sellada”, llegó a ironizar sobre ellos Peter Mandelson, el ideólogo y creador de ese laborismo en tierra de nadie que en los años noventa estaba encantado de haberse conocido y dominaba la escena de la Cool Britannia.

McDonnell aprovechó los nuevos aires de libertad interna que Ed Miliband llevó al partido tras la derrota de Gordon Brown y la vuelta al poder de los conservadores. Supo entender lo que Miliband ni olió. La crisis económica había arrasado el ánimo de los ciudadanos y triturado su confianza en el sistema. Las viejas recetas tenían oídos nuevos dispuestos a escucharlas. McDonnell, quien en dos ocasiones intentó sin éxito hacerse con el liderazgo laborista, entendió que su trabajo estaba en la retaguardia. Asociado a su viejo amigo Jeremy Corbyn, que tenía el tirón popular que a él le faltaba, comenzó a trabajarse los barrios y las agrupaciones, y a unir fuerzas con una serie de corrientes alternativas como Stop the War, UK Uncut y, en los últimos tiempos, Momentum, un terremoto que ha removido a la izquierda británica y ha desatado el activismo de base. Una especie de 15-M con continuidad en el tiempo, constantes aportaciones intelectuales a los nuevos debates y una fórmula perfecta para un país cuyo sistema político se basa en un reparto binario del poder: no decidieron ser un partido más. Se asociaron al laborismo como su hermano pequeño contestatario y rebelde pero leal. Gracias a ellos, Corbyn, otro dinosaurio como McDonnell, sorprendió a todos y se hizo con la dirección del Partido Laborista. Nombró a su amigo canciller en la sombra y le puso a trabajar en un nuevo proyecto económico socialista de verdad.


Corbyn le nombró canciller en la sombra y le pidió un proyecto económico socialista de verdad


El poder atempera, y la proximidad del poder es una pista de aterrizaje. McDonnell, con fama de antipático y arisco, ha suavizado sus rasgos. Asesorado por un joven equipo de comunicadores, se pasea ahora por los platós televisivos para explicar, con su mejor sonrisa, que quiere poner a los trabajadores en los consejos de administración de las grandes empresas, darles un buen puñado de sus acciones y renacionalizar el agua, la electricidad y los servicios ferroviarios y postales. Y mantiene reuniones con los abogados y financieros de la City para explicarles en persona su visión económica, y reírse de paso para sus adentros cuando comprueba en sus caras que no se hallan frente al demonio con cuernos y rabo del que les habían advertido.

En 1983, el Partido Laborista presentó un manifiesto que pasó a ser denominado como “la carta de suicidio más larga de la historia”, en el que abogaba por un desarme nuclear unilateral, en medio de la Guerra Fría, la renacionalización de los servicios públicos y el abandono por Reino Unido de la Comunidad Económica Europea. McDonnell subió al estrado del laborismo a principios de octubre en un país que ya ha decidido por su cuenta abandonar las instituciones europeas y habló de colectivizar las decisiones empresariales y democratizar unos servicios públicos que debían conquistarse. Y nadie se echó las manos a la cabeza.

Ávido lector de Gramsci, sabe que el dominio político debe extenderse más allá de las instituciones y ocupar el territorio de la cultura y las ideas. El viejo marxista cree que ese tiempo ha llegado para la izquierda británica. Los conservadores intentan sin cesar hacer mofa de la pareja Corbyn-McDonnell. Pero son conscientes de que ya no hay tantos que les rían la gracia.

domingo, 7 de octubre de 2018

Con la cabeza en la boca del tigre


Francisco Rosell (1956, Ciudad Real) periodista, estudió en las  facultades de Ciencias de la Información y de Sociología y Políticas en el Instituto León XII, dependiente de la Universidad Pontificia de Salamanca.  Fue redactor jefe de El Correo en Sevilla. Director- fundador de el diario El Mundo en Andalucia. En la actualidad es el director de el diario El Mundo. Como periodista analista político colabora, por citar, entre otros: Televisión EspañolaAntena 3Radio Nacional de EspañaOnda Cero. A su vez ha presentado diversas ponencias sobre los medios de comunicación, tanto en España como en el extranjero. 
  
Como escritor, es autor, entre otros, del libro Treinta años de nada: anatomía del régimen andaluz (2008). Editorial Almuzara

El diario El mundo, edita un interesante artículo de opinión, firmado por Francisco Rosell, por considerar que dicho artículo puede ser del interés de nuestros lectores lo adjuntamos en elblogdefcosvi. 



Mágnifica ilustración de Ulises, que se adjunta al articulo de Francisco Rosell



Con la cabeza en la boca del tigre




por: Francisco Rosell

A VUELTA DE PÁGINA

opinión 

Diario El Mundo 

a, 07/10/2018


Cuando se agotan los hechos, nacen las palabras, sentenció en 1835 en uno de sus memorables artículos aquel "curioso impertinente" -bendita impertinencia la suya- que fue Mariano José de Larra. De la misma manera que hay épocas de hombres y de hechos, entendía que la suya era la época de las palabras. Pronto advirtió, empero, que éstas se empleaban para edificar una nueva Babel: "El lobo los comía, y en lugar de comerse ellos al lobo, se comieron unos a otros".

A esa confusión contribuían tanto las palabras de dos caras, bifrontes y ambiláteras, a las que se podía dar un sentido o su contrario, según se precisara y conviniera, como aquellas otras que se dejan guiar cual palo de ciego: "Da ciento en la herradura y ninguna en el clavo". En medio de la pesadilla política de su tiempo, Larra coligió que la palabra que mejor resumía aquel siglo XIX que le tocó penar era cuasi. Era, en efecto, la que se correspondía con aquella "época de medias tintas, y de medianías, época de cosas a medio hacer", regida "por un Gobierno de cuasi medidas" y con "unas cuasi instituciones reconocidas por cuasi toda la nación".

Al cabo de siglo y medio de aquella espléndida gacetilla de Larra, la palabra cuasi sigue siendo pertinentemente descriptiva de la España de hoy en la que andar el camino supone retroceder y enzarzarse en largas disputas sobre una nación que, siendo de las más antiguas del orbe, pareciera aún por constituir. Un tejer y destejer como el manto de Penélope. De hecho, a la hora de afrontar la ruptura del orden constitucional y de la integridad territorial de España que perpetró hace justo un año el independentismo catalán, el Estado recurrió a aplicar un cuasi artículo 155

En vez de suponer la restauración del quebrantado Estado de derecho y de la convivencia democrática, esa alicorta decisión sólo sirvió en la práctica para convocar unas elecciones deprisa y corriendo que repusieron en el poder a unos golpistas que, aún puestos fuera de la ley, nunca se vieron despojados de los instrumentos reales de poder

Como ha declarado Felipe González, abierto partidario de un 155 largo, como Blair hizo sine die con la autonomía de Irlanda del Norte, "quien se salta la lealtad institucional y vulnera la legalidad, se le llama a capítulo, se le frena, se le quita poder o se le suspende". No pasaría gran cosa y se daría satisfacción a la generalidad de la sociedad catalana. La mayoría, lo admita a voz en cuello o con la boca chica, estaría de acuerdo con ello. Incluidos los que usan ese lazo amarillo de quita y pon para ahorrarse problemas. Ya, al constatar la rápida conversión de fascistas en antifascistas a la caída del duce Mussolini, Churchill bromeaba con que, sumando unos y otros, Italia había pasado de la noche a la mañana de tener 40 millones de habitantes a sumar 80.


"Estos engallados CDR parecen incluso tener sometido al propio Torra, como aquella fuerza armada llegó a envalentonarse con el mismo Hitler"

Así, ese cuasi 155 determinado por Mariano Rajoy, tras pactar un arreglo de mínimos con Pedro Sánchez y Albert Rivera, sólo reforzó a sus destinatarios directos y ha agravado la situación hasta los extremos registrados esta semana con la toma de las calles, la irrupción en edificios públicos para ultrajar la bandera española y el intento de allanamiento del Parlamento autonómico por grupos violentos espoleados por el president Torra. Al tiempo, como jefe máximo de la policía autonómica, éste daba instrucciones a los Mossos para que dejaran el camino expedito a esta especie de guardia pretoriana suya que constituyen los Comités de Defensa de la República (CDR), donde se alista su familia y cuyos métodos de amedrentamiento evocan al cuerpo paramilitar castrista de igual nombre.

Al modo de la Sección de Asalto (SA) del Partido Nazi, las siniestras camisas pardas, estos engallados CDR parecen incluso tener sometido al propio Torra. Como aquella fuerza armada llegó a envalentonarse con el mismo Hitler hasta que el dictador desató la Noche de los Cuchillos Largos el 30 de junio de 1934 para llevar a cabo la ejecución sumarísima de los jerarcas de las SA, decapitando al ala más radical del Partido Nazi. Al ver cómo le echaban este lunes en cara su falta de arrestos, a Torra no le quedó otra que proclamar "apretáis y hacéis bien en apretar". En línea sea dicho con sus antecesores Companys y Puigdemont, quienes dieron un salto en el vacío para no ser acusados de cobardes por sus compañeros de viaje.

Esas manifestaciones de Torra se interpretaron ajustadamente como un respaldo nítido a las acciones violentas de los CDR y, por ende, como una desautorización de los policías autonómicos a sus órdenes, quienes quedaron a los pies de los caballos. Siendo verdad que Arzalluz incurrió en su día en el despropósito de referirse a los terroristas de la kale borroka como "los chicos de la gasolina", hasta ahora ninguna autoridad con mando en plaza y responsable máximo de un cuerpo policial había animado como Torra a la comisión de delitos de esa gravedad. 

Nada parece haberse aprendido de la aplicación apocopada del artículo 155 como tampoco de la deslealtad histórica del nacionalismo. Hasta Azaña, gran valedor de la autonomía catalana durante la II República, no pudo contener su desencanto e indignación contra su "doblez, codicia, deslealtad, cobarde altanería delante del Estado", como describe en La Velada de Benicarló, escrita en 1937

No era para menos al contemplar como la Generalitat secuestraba funciones del Estado camino de su separación de hecho. Ni la derecha, leyéndolo encomiásticamente como Aznar, ni la izquierda, por afinidad ideológica, atendieron aquel aviso a navegantes, prefiriendo escarmentar en cabeza propia. Ciegos y más ciegos hasta tropezar y caer más profundo.

Así, perseverando en el error, el presidente Sánchez prolonga la política de apaciguamiento de Rajoy. Se sume en el mismo espejismo de pensar que, porque hay disensiones internas en el secesionismo -exclusivamente una lucha de poder por quien lo lidera y lo capitaliza en las urnas-, éste se va a romper. Luego, fracturado, concibe pactar con una parte del mismo -ERC, con Junqueras como hombre proverbial- un retorno a una cierta normalidad constitucional a cambio de concesiones estatutarias y presupuestarias, amén del indulto a los golpistas.


"La moción de censura de Sánchez quebró la liga constitucionalista"


De momento, por anticipado, se libran cheques en blanco de los que luego ministros se lamentan al no disponer de los mismos medios que aquellos a los que el Estado costea a caño abierto firmando en barbecho. Así, el ministro Borrell llora por las esquinas su falta de recursos para la acción diplomática, mientras la Generalitat amplía el número de legaciones al ritmo que Zara abre establecimientos por el mundo entero. Lo que rige para embajadas sirve para los Mossos cuando Hacienda acepta venda en ojo la supuesta "deuda histórica" del Estado con la policía autonómica, abonando sin rechistar ni discutir la cifra, los 700 millones -ampliables a 793- que exigía la Generalitat.

Se equivoca de medio a medio el Gobierno, salvo que haga un ejercicio de hipocresía, sobre la fractura del independentismo. A la postre, siempre cierra filas cual mejillón que se da un golpe contra las rocas y se deja arrastrar por los más radicales. Como advierte Alain Minc, "el odio constituye un lazo social" que la Cataluña racista y xenófoba tinta de color amarillo. Pero es que, además, al adeudar a los separatistas el préstamo de votos que sufragó la catapulta de Sánchez a La Moncloa con 84 exiguos escaños, es altamente probable que el doctor Sánchez, ¿supongo? no desee entender algunas cosas teniendo en cuenta que su sueldo depende cabalmente de hacer como si no las entendiera.

Claro que no se puede caer en sobreactuaciones, luego rectificadas, como la del ministro Ábalos, secretario de Organización del PSOE, de considerar que la jornada de reivindicación del referéndum ilegal del 1-O estaba transcurriendo de modo "asumible", con la Generalitat garantizando la seguridad, cuando ésta dejaba la calle en poder de los camorristas violentos, mientras entorpecía la actuación de los Mossos.

Desgraciadamente, el bloque independentista está más unido que la liga constitucionalista, quebrada a raíz de la moción de censura que aupó a Sánchez a La Moncloa de la mano, entre otros, del separatismo catalán. Desde la amarga hora en que se hizo revivir el proceso catalán con aquel cuasi artículo 155 y sus promotores condicionan la gobernación de España entera, por medio de sus escaños en las Cortes, el PSOE se descolgó de la alianza constitucionalista por razones de poder. Ello después de hacer la goma a la rueda del ciclista Rajoy para enfrentar la rebelión separatista capitaneada sucesivamente por Mas y Puigdemont.

Como botón de muestra de ese descosido, el mismo líder del PSC, Miquel Iceta, quien no tuvo escrúpulos en valerse de la bandera española buscando beneficio electoral, no desaprovechó la ocasión -cosa que no hizo siquiera el interpelado- de afear a la líder de la oposición y líder de Ciudadanos, Inés Arrimadas, que interpelara, con una de las enseñas españolas que se tremolaron en la gran manifestación que siguió al histórico discurso del Rey, al silente Torra: "Ni usted ni sus comandos van a hacer desaparecer esta bandera".

Tampoco anduvo a la zaga el portavoz del PP, Alejandro Fernández, al recurrir a uno de los mecanismos más certeros contra el totalitarismo como es el humor: "Señor Torra, si Cataluña es una colonia, ¿cómo es posible que un ser inferior como yo tenga colonizado a un ser superior como usted? Físicamente se parece mucho más a mí que a un saltador de pértiga noruego. Aunque le duela, es usted muy español. Somos un par de españolazos los dos". Nada mejor que una broma, como en la novela de Milan Kundera de ese título, para desactivar sutilmente la maquinaria de un régimen abusivo y abrasivo.

Es verdad que, en el Gobierno de Sánchez, no se posee de Torra una opinión mejor que la que Indalecio Prieto dispensaba al presidente de la Generalitat, Lluís Companys -"Está loco; pero loco de encerrar en un manicomio"- y que, probablemente, no haya más solución para la cuestión catalana que la que el antropólogo Caro Baroja proponía en los días más extremados y tenebrosos de su tierra vasca -enviar allí trenes llenos de psiquiatras-, pero se empeña en dar una apariencia de normalidad y no darse por enterado de afrentas y vejaciones. 

En todo caso, Sánchez no debiera perder de vista que el tigre nacionalista no puede dejar de ser tigre, no puede destigrarse. No resulta conveniente, pues, que meta la cabeza dentro de la boca de la fiera, sino quiere perecer en el acto mismo, por mucho que presuma de buen domador y quiera hacer razonar a la bestia. Como el confitero de Larra que se había quedado dormido de confusión y pesadumbre, despertando despavorido, quizá quepa exclamar: "¡Mi opinión, sí, mi opinión, señores, es que Dios nos asista!".

sábado, 6 de octubre de 2018

Inés y la bandera

El diario digital El Confidencial, adjunta un muy interesante artículo, firmado por José Antonio Zarzalejos

José Antonio Zarzalejos (Bilbao, 1954) es un periodista y escritor español. Licenciado en derecho por la Universidad de Deusto, entre 1979 y 1989. Este  año  ingresa en la plantilla del diario El Correo de Bilbao y un año después se convierte en su director adjunto. En 1993 es nombrado presidente del Consejo Editorial de su grupo y director del periódico, cargo que ocupa hasta enero de 1998, en que accede al puesto de director editorial del Grupo Correo. Ha sido director del diario ABC, en dos ocasiones, en el periodo 1999-2004abandonado dicho cargo para ocupar el de secretario general del grupo Vocento. Y en el periodo  2005-2008 que cubrió de nuevo la dirección del diario ABC.  Como periodista colabora con diversos medios de comunicación, entre los cuales, cadena SER, El diario digital El Confidencial, Radio 5, etc. 


José Antonio Zarzalejos 

José Antonio Zarzalejos, como buen analista y poseedor de una buena pluma, escribe un, a nuestro criterio, acertado articulo de opinión para el diario digital El Confidencial, por lo que considerando que será del interés de nuestros lectores lo adjuntamos en elblogdefcosvi.



Foto adjunta en el articulo  La líder de Ciudadanos, Inés Arrimadas, muestra una bandera española durante el turno de réplica en la segunda jornada del Debate de Política General celebrado en el Parlament. (EFE)




Inés y la bandera

No cabe aducir que Inés Arrimadas "provoca" al mismo tiempo que un manto de silencio cubre las fechorías contra los símbolos de España en Cataluña



por: José Antonio Zarzalejos

diario digital El Confidencial 

06/10/2018 


El lunes hará un año —el 8 de octubre— que los símbolos de España, y en particular la bandera, salieron del armario en Cataluña. Fue una manifestación multitudinaria que sorprendió a los independentistas y reconfortó a los que no lo son. Resultó el final de la "espiral de silencio" en la sociedad catalana y del "unanimismo", según la expresión brillante del filósofo Manuel Cruz. Los separatistas se quedaron perplejos y "descubrieron" que en la comunidad había catalanes que compartían los símbolos constitucionales de España (la bandera está descrita en el artículo 4.1 de la CE) con los de Catalunya (la enseña catalana está también descrita en el artículo 8.2 del Estatuto) y con los de Europa. Aquella manifestación fue un paso de gigante en la visibilización de la otra mayoría social y política catalana: la que no ha secundado a los partidos independentistas en las sucesivas elecciones adjetivadas de "plebiscitarias": las de 2012, 2015 y 2017.

El miércoles pasado, Inés Arrimadas, exhibió desde la tribuna del Parlamento de Cataluña, durante la caótica y esperpéntica sesión que celebró la Cámara legislativa, una bandera de España asegurando que no desaparecería por mucho que el independentismo se empeñase. Miquel Iceta, que puede ser tan brillante como metepatas, no resistió la tentación tan propia del PSC de reconvenir a la líder de Ciudadanos por lo que le pareció un acto de provocación. Que esa amonestación viniese de otro líder político sería entendible. Que viniese de Iceta, no. Sobre todo, cuando el PSC ha perdido votantes a barullo, tanto hacia el independentismo, al que ha surtido de personajes como Ernest Maragall y Ferran Mascarell, como hacia los liberales de Rivera. Tras Ciudadanos hay más de 1.100.000 ciudadanos de Cataluña (36 escaños) y tras el PSC (17 escaños) algo más 600.000. El 25% del total de los votantes catalanes, no juzgarían que Arrimadas incurriese en una provocación por enarbolar la bandera de España, sino todo lo contrario.

Las provocaciones no pueden calificarse de tales en función de criterios sectarios. No cabe aducir que Inés Arrimadas "provoca" al mismo tiempo que un manto de silencio cubre las fechorías contra los símbolos de España en Cataluña. La semana pasada los CDR asaltaron la sede de la Generalitat en Girona, arriaron la bandera nacional, la pisotearon y la cubrieron con la enseña separatista. Y al tiempo que Arrimadas ofrecía una imagen que logró colocar en todos los medios, los radicales pisoteaban la fotografía del Rey entre el aplauso de los espectadores, mientras desde las alcantarillas de la ciudad de Olot se escuchaba el discurso del jefe del Estado del 3 de octubre del pasado año.

De modo que la líder de Ciudadanos hizo bien por partida triple: porque es necesario hacer presentes los símbolos con los que se identifican millones de catalanes (esos que lo hacen, además, también con la 'senyera'), porque consumó un gesto de oportunidad para sacar mediáticamente la cabeza en el maremágnum de informaciones protagonizadas siempre y obsesivamente por los separatistas, y porque desafió esa perversa corrección política que en Cataluña consiste en que unos se callan y otros hablan, que unos tienen una identidad superior y otros, o no la tienen, o es de peor condición.

Pero es que Inés Arrimadas consiguió con su gesto una utilidad marginal interesante: volvió a mostrar la faz del fanatismo, encarnado —¡así son las cosas!— en gente que teníamos por moderada. Nuria de Gispert, quien fuera presidenta del Parlamento catalán, afiliada a Unió, democristiana, no la soporta. En noviembre de 2017 en un tuit la invitó a volverse a su Jerez natal y luego pidió perdón asegurando que en lo sucesivo contaría "hasta diez" antes de escribir en ese tono literal en las redes sociales. Pero no lo ha hecho y, así que vio a la liberal con la bandera de España, lanzó otro tuit tildándola de "inepta e ignorante", de "no saber nada de nada" y, de nuevo, la invitó a que regresase a su pueblo.

Las enseñas y los símbolos —los legales e, incluso, los no previstos en norma alguna pero no odiosos— tienen que respetarse porque incorporan un significado de matices muy distintos según qué personas y en qué circunstancias. El radicalismo independentista se ha ensañado con el imaginario español, especialmente su bandera y la monarquía, representada hoy por hoy en Felipe VI al que han escarnecido mediante acoso (26 de agosto de 2017, en Barcelona) y abucheos y silbidos (en estadios de futbol y otros eventos). La libertad de expresión ampara estos comportamientos según criterios jurisprudenciales tanto en España como en otros países. La respuesta a la falta de civismo, pues, no es jurídica (o no siempre) sino política e Inés Arrimadas —además de ensayar un mecanismo infalible de comunicación política: singularizarse y captar el foco— lo ha dado.

Las enseñas y los símbolos tienen que respetarse porque incorporan un significado de matices muy distintos según qué circunstancias y qué personas

Y más vale que lo haga ella a que lo hagan otros. Por ejemplo, mañana, en la plaza de Vistalegre en Madrid, se celebra el primer mitin multitudinario de Vox. Nuestra izquierda tan exquisita va a tener que ir eligiendo: si continuar con el mantra de que el PP y Ciudadanos son derechas extremas o respetarlas en su auténtica idiosincrasia ideológica y estratégica. Porque si no lo hacen, en nuestro país tendremos, antes o después, un nuevo componente populista, pero de derechas, alineado con Salvini, Orbán, Le Pen, y otros muchos líderes y formaciones políticas que comienzan a señorear en la vieja Europa. Esos sí que saben provocar. Inés Arrimadas se limita, simplemente, a defenderse y defender a sus representados. Una causa noble porque ni ofende, ni desprecia, ni alienta a la violencia. Simplemente se afirma en la racionalidad de la diferencia en una sociedad que es naturalmente plural. En eso también consiste la libertad.

viernes, 5 de octubre de 2018

Nos gobiernan los activistas

El prestigioso diario El País, en sus páginas de Opinión, Cataluña, adjunta un articulo firmado por Francesc de Carreras. Por considerar que dicho artículo puede ser del interés de nuestros seguidores,lo adjuntamos en elblogdefcosvi.

Francesc de Carreras, (Barcelona) Jurista, y articulista, colaborador en diversos diarios, como El País, entre otros, así como también en diversas revistas científicas.  Catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Barcelona.Miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas



Quim Torra y Elsa Artadi en el Parlament. Foto: Albert García, EL PAÍS


OPINIÓN 
Nos gobiernan los activistas


El callejón no tiene salida, y seguirá sin tenerla, mientras los que nos han llevado a donde estamos no rectifiquen


por: Francesc de Carreras 

El País
Opinión

a 05/10/2018

A un año de los gravísimos sucesos de septiembre y octubre de 2017, y de la ridícula “declaración de independencia”, la política catalana está bloqueada y confusa: contradicciones en el seno del independentismo, desunión en la oposición, mal funcionamiento de las instituciones, desórdenes en las calles y deterioro de la convivencia social. Con un Gobierno de la Generalitat dirigido por activistas irresponsables, que no por políticos serios, el caos y la confusión, como no puede ser de otra manera, son la nota dominante. Si repasamos algunos rasgos de la situación actual quizás podremos aclararnos un poco.

En primer lugar, y no es un detalle menor, ignoramos quién manda en la Generalitat: ¿Puigdemont? ¿Torra? ¿El Govern de la Plaça de Sant Jaume? ¿El grupo de Waterloo? Ahí nadie se aclara. El espectáculo alcanza, a veces, el esperpento. La tensión entre el PDCat y ERC es evidente desde hace meses y se han recrudecido en las últimas semanas. Ahora mismo, mientras escribo este artículo, están reunidos de urgencia Torrent y Torra por un grave desacuerdo entre ellos. La dignidad institucional cae por los suelos ante tanta desfachatez: ¿qué hace el presidente (sic) del ejecutivo negociando con el presidente de la cámara a la vista de todo el mundo, sin disimular siquiera?

Por otro lado, las luchas internas dentro de los ex-convergentes muestran una importante fractura: Puigdemont y los suyos van por un lado y el aparato del partido por otro. Además, ¿alguien se cree que ERC es moderada? Quizás ahora, desde el punto de vista táctico, y con su líder procesado y en la cárcel, así lo parece, pero ERC siempre ha pretendido la independencia, en eso ha sido consecuente, y es iluso pensar que haya cambiado de estrategia.

En segundo lugar, está la agitación en la calle. Cuándo en el invierno de 2012, sectores de CiU y de ERC, más nacionalistas que iban por libre, crearon la Assemblea Nacional de Catalunya, ¿sabían lo que estaban haciendo? ¿No se imaginaban que en un momento dado se harían con el control del Govern de la Generalitat y dirigirían, sin plan alguno, el procés que estaba a punto de iniciarse? ¿No sabían que la revolución, como Saturno, devora a sus propios hijos?

Artur Mas se dejó llevar por este movimiento acéfalo cuando convocó elecciones poco después, a fines de 2012, e inició sin ninguna estrategia razonable lo que está culminando en un puro desastre para todos. Puigdemont y Torra encarnan el espíritu anárquico de aquellos momentos, y la CUP, los CDR, Arran y lo que se quiera añadir, son consecuencia de aquella iniciativa de 2012.

La calle es nuestra” proclaman ahora. No sé si saben que algo muy parecido, exactamente “la calle es mía”, es lo que dijo Fraga Iribarne tras una trágica revuelta antifranquista en Vitoria cuando fue ministro de la Gobernación con Arias Navarro, presidente del Gobierno. En eso son casi igualitos, deberían enterarse. Y digo casi porque a Fraga Iribarne nunca se le ocurrió ocupar mediante la violencia el Parlamento.

En tercer lugar podríamos añadir otros rasgos de la presente situación. Las diferencias entre los mossos profesionales y sus mandos políticos es muy grave. Claro, si Torra dice a los que ocupan la calle, “apretar, hacéis bien en apretar”, el autor intelectual del intento de asalto al Parlamento, entre otras refriegas de estos días, ya sabemos quien es: el responsable máximo del Govern. ¿O quizás no? Quizás el presidente legal obedece órdenes del presidente “legítimo” que reside en Bélgica. Todo es kafkiano, un gran disparate. Ridículo si no fuera trágico. Y no dejemos pasar algo que no es un mero detalle: esta semana han sido detenidos y puestos a disposición judicial el presidente de la Diputación de Lleida y 24 personas más, todos ellos relacionados con los casos Palau de la Música y 3%. La corrupción también tiene mucho que ver con el procés, quizás es su telón de fondo: por eso quieren controlar a los jueces.

Nos gobiernan los activistas. El callejón no tiene salida, y seguirá sin tenerla, mientras los que nos han llevado a donde estamos no rectifiquen. Y nos han llevado adonde estamos Convergència (a punto de cambiar de nombre otra vez) y Esquerra. Nadie más, no invoquemos a un apagado nacionalismo español.

Rebobinen, digan que se han equivocado y busquen otros caminos. Mientras sigan por donde van solo encontrarán el ridículo y la cárcel.

lunes, 1 de octubre de 2018

Cataluña, el problema pendiente

José Álvarez Junco (Viella, Lérida) Historiador, escritor. ex catedrático emérito de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Políticos y Sociales en la Universidad Complutense de Madrid. Ex director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales hasta mayo de 2008 y por virtud de ese cargo, Consejero de Estado. Ocupó entre otros cargos, el de la cátedra Príncipe de Asturias de la Universidad Tufts (Boston), y dirigió el seminario de Estudios Ibéricos del Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Harvard


José Álvarez Junco, es autor de diversos e interesantes  libros, entre ellos;  "La ideología política del anarquismo español, 1868-1910" en 1976. Desde entonces su actividad ha sido constante. Destacan de sus trabajos: "Los movimientos obreros en el Madrid del siglo XIX" en 1981; "Periodismo y política en el Madrid de fin de siglo: el primer lerrouxismo, en el  1983; " Lecciones de derecho político, en 1984, en colaboración; "El Emperador del Paralelo, Alejandro Lerroux y la demagogia populista, en el 1990.

En 2016 publica un nuevo libro, Dioses Útiles. Naciones y nacionalismo, en donde expone sus pensamientos con respecto a las naciones y nacionalismos. Cita a países de Europa, así como el imperio Turco y su influencia en la misma. Obviamente también se refiere a las distintas entidades existentes en España. escribe sobre el razonamiento, este superado por los sentimientos. Un interesante libro publicado por la editorial, GALAXIA GUTENBERG


editorial GALAXIA GUTENBERG


José Álvarez Junco, es colaborador del acreditado diario El País, en donde ha publicado un interesante articulo en la revista semanal Babelia, escrito que por considerar que puede ser del interés de nuestros lectores lo adjuntamos en elblogdefcosvi


José Álvarez Junco


El País
revista semanal Babelia 


MAPA PARA SALIR DEL LABERINTO CATALÁN

Cataluña, el problema pendiente

De todas las tensiones que atravesaban España hace un siglo, la única que sigue sin resolverse es la reivindicación territorial. La estabilidad democrática ha vuelto a chocar con el nacionalismo



por: José Álvarez Junco 

Babelia
El País

01/10/2018



No son muchos ya, imagino, los que recuerdan lo que se sentía al leer la famosa literatura sobre el “problema español”. Fue aquel todo un género literario, hundido en el pesimismo más sombrío, que se prolongó más de medio siglo, a partir de 1898, y que seguía formando parte de las lecturas iniciales de cualquier joven con preocupaciones políticas en los años sesenta. Aquellos libros pretendían explicar las razones del desastre nacional —un desastre que nadie negaba—. Y lo hacían en términos que iban desde el esencialismo hasta el historicismo, desde lo racial hasta lo providencial o lo paranoico. Avalaban aquellas obras nombres del máximo prestigio: Costa, Unamuno, Maeztu, Baroja, Machado, Ortega… Como nos decían que eran clásicos, y que sus ideas seguían vigentes, los leíamos con toda seriedad; y andábamos meditabundos y acomplejados.

Porque la lista de problemas con la que se enfrentaba el país era, de verdad, apabullante, sobre todo comparándolo con Reino Unido, Francia o Alemania, países nada normales, sino excepcionales, en aquel momento. Era una economía atrasada, con una renta per cápita que apenas alcanzaba la mitad de la de esos tres países. El campo, que absorbía dos tercios de la población activa al comenzar el siglo, estaba dominado en el centro-sur por latifundistas absentistas y braceros sin tierra, y en el norte, por minifundios que expulsaban población emigrante. La historia política desde 1808 era una trepidante sucesión de cambios de régimen, Constituciones efímeras y guerras civiles, culminado todo en la matanza de 1936-1939 y la dictadura en vigor. La Iglesia católica monopolizaba el espacio público y se imponía al poder civil, salvo esporádicas explosiones de turbas anticlericales que quemaban iglesias y mataban curas. Los militares eran otro Estado dentro del Estado, y los Gobiernos no se atrevían a enfrentarse con ellos, por el riesgo de pronunciamientos —cien en un siglo, entre exitosos y fallidos; el último, origen del régimen—. El sistema educativo era escuálido y obsoleto, y en 1900 dos tercios de los españoles eran analfabetos. En el escenario internacional, tras la pérdida casi completa del imperio en 1810-1825 y de sus residuos en 1898, España había pasado a ser una potencia irrelevante, ausente en las alianzas o guerras europeas. Y seguía, por último, sin resolverse la distribución territorial del poder; un asunto que podía ser acallado por la fuerza, como habían hecho Primo de Rivera o Franco, pero que volvían a plantear las élites periféricas, sobre todo catalanas —las vascas habían logrado un cierto arreglo—, a la menor ocasión.

Sobraban, sí, las razones para el pesimismo. Los problemas eran graves e innegables, pero quienes escribían sobre ellos (literatos en realidad, y de envidiable calidad, pero no analistas sociales ni políticos) los exageraban y, sobre todo, los elevaban al nivel de lo esencial y poco menos que eterno. De ahí las utópicas soluciones que ofrecían: había que cambiar —nada menos— la “forma de ser” nacional, transformar nuestra psicología fantasiosa, egoísta, autoflagelante, perezosa e indiferente ante el bien común, y convertirnos en orgullosos y prácticos ciudadanos, como los ingleses o los americanos. Para lograr tales cambios, algunos confiaban en la enseñanza, que debería dejar de ser libresca, memorística y ajena a cualquier saber útil; y otros, en un “cirujano de hierro” que sajara y depurara sin piedad la esfera pública, logrando por decreto que los partidos dejaran de ser bandas de caciques depredadores y los funcionarios se convirtieran en honrados y eficaces servidores públicos. Para el paisaje, que también debía pasar de seco a húmedo, todos apostaban por los pantanos.

Al victimismo secesionista se le sumaron la crisis económica de 2008 y el anticatalanismo del PP

Qué complejo, la verdad, salir a Europa —así decíamos: salir a Europa— en los años cincuenta o sesenta y encontrarse con países donde los trenes eran rápidos, limpios, puntuales; donde los mendigos no afeaban las calles; donde la gente andaba deprisa, a lo suyo, y si te rozaban decían pardon o sorry, en lugar de haraganear y bromear en las esquinas; donde no había películas ni libros prohibidos y las parejas se besaban en los parques; donde existían sindicatos y elecciones libres, edificios con grandes rótulos de Parti Communiste Français y mítines laboristas en los que viejitas impolutas cantaban La Internacional con el puño cerrado. Todo esto sin que se hundiera la bóveda celestial. Y encima eran más ricos que nosotros.

El caso es que Franco murió y para entonces, gracias a un crecimiento económico disparado por la liberalización y el contexto europeo, algunos de esos problemas seculares estaban disolviéndose como azucarillos: la economía despegaba a gran velocidad; la mecanización expulsaba del campo a millones de personas y el sector agrícola se convertía en residual; clericalismo y anticlericalismo perdían virulencia en una sociedad moderna y secularizada. La Transición se propuso y logró la construcción de una democracia estable. Y España se integró en la Unión Europea y la OTAN, con lo que subió al escenario internacional como una potencia de rango medio, acorde con su peso demográfico y económico; y los militares aprendieron inglés y respeto a las leyes.

Era una historia, en fin, de éxito. Pero no en relación con el problema territorial, que siguió coleando. Ante esta cuestión, la Transición había partido prácticamente de cero. El Estado español moderno —radicalmente distinto a la monarquía imperial de los siglos XVI a XVIII— había nacido en Cádiz, en 1812. Y desde entonces había tomado como modelo el centralismo revolucionario o napoleónico francés. Quizás hubiera sido mejor haberlo hecho con el caso británico, conjunto de reinos preexistentes agrupados en una monarquía común. Pero lo cierto es que el modelo inicial sobrevivió incuestionado durante casi todo el XIX, y que las afirmaciones de identidad regional —las proclamas sobre Cataluña como “patria” propia— partían de la aceptación de España como “nación” política o sujeto de la soberanía. Ese doble patriotismo se vio dificultado tras el fracaso del ciclo revolucionario en 1874 y más aún tras la debacle de 1898, cuando algunos grupos empezaron a plantear la identidad catalana o vasca como rivales y excluyentes de la española; pero el doble patriotismo siguió dominando. En dos situaciones democráticas, 1931 y 1978, se intentó resolver este problema con un Estado unitario pero con esferas excepcionales de autogobierno para las regiones que lo desearan. La de 1931 fracasó, víctima de los radicalismos. La de 1978 parecía tener mejores perspectivas.

La historia juzgará a las élites nacionalistas y las culpará de la división de la sociedad catalana

La Transición fue un ejercicio de sensatez y renuncia, por un lado, a la llorosa y dañina literatura del desastre y, por otro, a los grandiosos sueños de transformación del mundo que nuestras mentes habían incubado durante la larga noche del antifranquismo. Adónde vas tú, Carrillo, cantábamos, con la reconciliación. No bastaba con derrocar la dictadura. Queríamos la revolución. Y no una revolución cualquiera, sino una que, superando el estalinismo y otros “errores”, fuera, a la vez, democrática, autogestionada, lúdica y respetuosa con las minorías sexuales o nacionales. El paquete redondo. De vez en cuando, alguno sugería un matiz olvidado y, tras largo debate, lo incluíamos. Pero nos hicimos mayores, en el mejor sentido, y renunciamos a estas demandas a cambio de asegurar las libertades políticas fundamentales y el crecimiento económico.

Los nacionalistas radicales, en cambio, no renunciaron a nada. Su sueño era la independencia, y lo mantuvieron, aunque siguieran siendo minoría. No se iban a conformar con un mero autogobierno, aunque fuera amplio; y menos aún con un autogobierno similar al otorgado a otros territorios del país, sin su tradición identitaria y de exigencia autonómica.

La Generalitat, como el Gobierno vasco, cayó en manos de los nacionalistas. No de los más radicales, pues Jordi Pujol creía imposible la independencia y se limitó a elevar al máximo el listón de sus exigencias dentro de la legalidad. Pero, en vez de concentrarse en el autogobierno, su tarea principal fue fer país, es decir, construir la nación. Una nación sin Estado, decían, pero apoyada, en realidad, por un aparato político y administrativo perfectamente estatal que dedicaba sus mejores esfuerzos a reforzar el sentimiento de nación catalana y debilitar el de la española.

Sus medios principales fueron los de cualquier Estado: el sistema educativo, las instituciones oficiales y los medios públicos de comunicación. Como ejemplo de institución, el Museu d’Història de Catalunya, que sigue difundiendo hoy ante visitas escolares diarias la versión canónica del victimismo nacionalista. Como ejemplo de los medios, el mapa del tiempo de TV3, que incluye los Països Catalans, pero excluye el resto de España. Si a ello se añaden la crisis económica de 2008 y el anticatalanismo del PP (de la derecha española no se puede olvidar aquella explosión espontánea, al reconquistar el poder en marzo de 1996, de “Pujol, enano, habla castellano”), se comprende el auge del sentimiento exclusivista e independentista entre las jóvenes generaciones.

Ese es, pues, el principal problema que sigue vivo ante nosotros (dejo de lado, ya sé, cosas como la calidad de la enseñanza y la investigación, que, desgraciadamente, angustian menos a la opinión). Deberíamos poder resolverlo, como resolvimos los demás. La ­fórmula será, seguramente, un federalismo más auténtico y completo. Pero no habrá solución a partir de los planteamientos clásicos de los nacionalismos excluyentes.

La historia juzgará algún día a las élites nacionalistas. Les culpará, creo, del grave deterioro de la cultura catalana, antes cosmopolita y hoy ensimismada, y de la división de la sociedad, antes satisfecha con el bilingüismo y la doble identidad. Como les culpará por haber creado un Estado en su peor versión posible: el decidido a imponer la homogeneidad cultural, según su modelo preconcebido de nación, y por tanto a reducir la libertad  y la pluralidad de la sociedad a la que gobierna.